Vicente Enrique y Tarancón, la mano de Dios en la transición

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Vicente Enrique y Tarancón | Conferencia Episcopal Española
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Recientemente hemos celebrado el cuarenta aniversario de nuestras primeras elecciones democráticas surgidas tras cuarenta años de dictadura, sin que a día de hoy podamos olvidar algunas de las figuras claves que jugaron un papel muy relevante, abonando el terreno desde sus respectivos ámbitos para garantizar el éxito en el cambio de situación. Uno de ellos fue el cardenal don Vicente Enrique y Tarancón, presidente de la Conferencia Episcopal entre 1971 y 1981 quien, con carácter previo al inicio del proceso democratizador, plantó cara al dictador cada vez que tuvo ocasión, manteniendo una posición de distancia, sin permitir del régimen ninguna injerencia, ni intromisión. Aunque Francisco Franco intentase su complicidad, el cardenal nunca le reconoció su pretendida autoridad moral y todo ello pese a que España era confesional.

Dicha situación provocó no sólo incomprensión, sino momentos de tensión que condicionaron el papel de la Iglesia y del Estado durante el régimen franquista y  la Transición. Tarancón siempre buscó su desvinculación, su desenganche. Entre ellos nunca hubo conciliación, llegando incluso hasta la animadversión.

“El pan nuestro de cada día, dánosle hoy”

El pan nuestro de cada día dánosle hoy no hace referencia a la oración de Jesús de Nazareth sino a la carta pastoral que a principios de los años cincuenta el entonces joven obispo de la diócesis de Solsona, Vicente Enrique y Tarancón, dirige a su feligresía, y cuya amplia repercusión propició un camino plagado de desencuentros con el régimen de Franco.

En dicha pastoral evidenció su posición ante una España hundida que moría de hambre y de miseria, que se sostenía a base de cartillas de racionamiento y de estraperlos, y en la que los más poderosos, los sostenedores de la dictadura,  eran los únicos responsables y consentidores de dicha situación, sintetizando el mensaje en una lapidaria frase con la que los sentenció: “después de la guerra, la guerra sigue”. Este fue el punto de inflexión que marcó el inicio del alejamiento del hombre de Dios con el dictador.

Sin embargo a medida que se incrementaba esa desafección entre Franco y Tarancón, se acrecentaba el apoyo del Vaticano a su actuación, tanto por parte de Juan XXIII como por la de Pablo VI, quienes vieron en él una oportunidad para liderar la desvinculación de la Iglesia con el régimen. Aquí comenzó la Iglesia su propia transición, su camino hacia la renovación, de la simbiosis Iglesia-Estado del nacionalcatolicismo, a la disociación amparada en el aperturismo del Concilio Vaticano II.

Tarancón fue el encargado de liderar este proceso de transición, siendo nombrado cardenal a finales de los años sesenta, y posteriormente en 1971, Presidente de la Conferencia Episcopal. Su primera actuación fue buscar un acto de reconciliación y para ello consensuó con la asamblea de Obispos una declaración de perdón dirigida al pueblo español en nombre de la Iglesia, al no haber sabido estar a la altura ni en la contienda civil, ni en la postguerra.

“Tarancón, al paredón”

Nuevos momentos de tensión entre Tarancón y el régimen franquista se vivieron en los funerales de Carrero Blanco, al ser instado desde el Gobierno a su no participación, pero el cardenal no asintió. Se evidenció que no admitía injerencias del Estado en asuntos que eran competencia exclusiva de la Iglesia, de la cual, y aunque no les gustase, él era su máximo representante y autoridad, al ser el Presidente de la Conferencia Episcopal.

Ante tal negativa, el régimen calentó el ambiente al grito de “Tarancón, al paredón”, pareado que le reiteraron en más de una ocasión. Aun así, nunca se achantó.

Sin embargo, el súmmum de la discordia provino de una homilía pronunciada a principios de 1974 por el obispo Añoveros en la diócesis de Bilbao, y en la que reconocía a la sociedad vasca cierta entidad. El Gobierno de Arias Navarro consideró que dicha declaración llevaba implícita una traición a la unidad nacional, desencadenando una orden inmediata de exilio del prelado a Roma. En esos momentos el cardenal provocó el mayor pulso que nadie se atrevió a echar al dictador, al presentarse en el Pardo y llevando en su sotana el Decreto de excomunión para Franco, el Presidente del Gobierno y todos sus ministros. Hizo llorar al caudillo y ese desplante nunca tuvo perdón.

El cardenal de la reconciliación

Españoles haciendo cola en un colegio electoral, junio 1977
Españoles haciendo cola en un colegio electoral, junio 1977

La homilía de Coronación de Juan Carlos I escenificó el compromiso de la Iglesia con la democracia. Tarancón, conocedor de la importancia y del valor de esa primera actuación, consensuó en la sombra con las principales diócesis el contenido de los dos folios que conformaban el discurso y en el que advertía que, aunque la Iglesia no amparaba ningún dogma o ideología política, sí debía promover los derechos humanos y las libertades públicas. Lo cumplió. Siempre buscó concordia del pueblo español.

Tarancón desempeñó un papel fundamental poniendo la Iglesia a disposición de la Transición. Su único objetivo era superar la división de las dos Españas, su conciliación, limitando su intervención a un papel meramente facilitador, sin ningún posicionamiento político o implicación ideológica, con independencia y neutralidad, y bajo la premisa de que no habría una relación institucionalizada entre la Iglesia y el Estado, tal y como había ocurrido en el régimen de Franco.

Tarancón acudió cada vez que se le llamó, y siempre lo hizo con su inseparable secretario, Martín Patino. Fueron un tándem, al unísono los dos. En los últimos años del régimen con el Príncipe Juan Carlos, Herrero Tejedor y Ruiz Jiménez, y tras la coronación del Rey, con Adolfo Suárez, Felipe González, Marcelino Camacho y Santiago Carrillo. Su fin era conseguir que se sentaran las bases, las estructuras institucionales que pudiese garantizar los derechos y libertades del pueblo español, colaborando en conseguir consensos e impulsando el diálogo en el proceso democratizador, pero sin intervenir, ni inmiscuirse, porque lo suyo solo eran las cosas de Dios, no importándole perder influencia política a cambio de ganar credibilidad religiosa.

Tarancón mantuvo contactos con personajes muy diversos y de muy distintos ámbitos, y aunque con unos tuviese más sintonía que con otros, nunca se situó ni a la derecha del Padre ni a la izquierda del Hijo, él fue el Espíritu en la Transición.

“Este señor no nos entiende”

Esta fue la frase con la que Tarancón sintetizó su relación con Juan Pablo II, quien siempre le reprendió con hostilidades y desaires su papel durante la Transición, responsabilizándole del retroceso del catolicismo en España al haber sometido a la Iglesia a los dictámenes del socialismo, amén de no haber promovido un partido democristiano que amortiguase su impacto.

A los setenta y cinco años y ante la falta de sintonía con el Papa Wojtyla, el Vaticano tendió puentes de plata para su retirada. Había caído en desgracia tan insigne testigo y mediador.

España le debe mucho al saber estar en todo momento y circunstancia de don Vicente Enrique y Tarancón, la mano de Dios en la Transición.

Mª del Carmen Espejo B.  @maespejob

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