Sentido y sensibilidad, seny vs. rauxa

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Bandera de Cataluña y del antiguo Reino de Aragón | Fotógrafo: Pablo Saludes Rodil
Bandera de Cataluña y del antiguo Reino de Aragón | Fotógrafo: Pablo Saludes Rodil
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Un buen amigo catalán, con todos los apellidos catalanes y ex-militante del PSUC, me solía decir que el nacionalismo es para vagos. Basaba esta afirmación en que alguien que se considere democristiano habrá tenido que leer la doctrina social de la Iglesia o alguno de los escritos de Jacques Maritain, Emmanuel Mounier y Alfred Müller-Armack, si opta por el liberalismo debería haber estudiado a Adam Smith, Jeremías Bentham, Wilfredo Pareto o Milton Friedman, si uno se considera conservador habrá seguido los trabajos de Edmund Burke, Leo Strauss, y Russell Kirk, si se proclama socialista lo obvio es que entre sus lecturas figuren ensayos de Robert Owen, Henri de Saint-Simon, Ferdinand Lassalle o August Bebel y si uno es comunista está claro que debe conocer las ideas de Karl Marx, Friedrich Engels, Antonio Gramsci, Jean-Paul Sartre o Herbert Marcuse, pero si uno se declara nacionalista no precisa ninguna base ideológica qué estudiar, nada que leer, simplemente basta con que diga que es su “sentimiento”.

Y ese es el principal argumento que las fuerzas políticas del soberanismo catalán reclaman para sus posiciones independentistas: ¡qué es el sentimiento de todo un pueblo! Siempre los nacionalistas se arrogan la voz del pueblo. El problema es considerar ¿qué vale más?: ¿si el sentimiento de los independentistas catalanes o el de los catalanes no independentistas, incluyendo los que tuvieron que irse de allí, o incluso el del resto de los españoles que, aunque no sean catalanes, consideran a Cataluña parte de su cultura y de sus sentimientos?

Aparentemente el sentimiento suele tener buena imagen, pues en muchos casos se asocia con el altruismo y la sensibilidad, pero en realidad el sentimiento no es bueno, ni malo, simplemente depende de cuál sea. Al lado del sentimiento empático, está el lado oscuro como el sentimiento homófobo, machista, xenófobo o racista. Personalmente considero que no es el sentimiento nuestra principal cualidad como humanos, sino la razón (el “sentido”). Es usando la razón como el ser humano ha vencido a la evolución que limitaba su duración temporal (en el mundo occidental la esperanza de vida ha pasado, desde principios del siglo XX a la actualidad, de 45 a 80 años y sigue en aumento), hemos podido conocer todo nuestro planeta y las partículas subatómicas dominando su energía o explorar más allá de los confines de nuestra galaxia y el sentimiento no ha servido para ninguno de esos logros. Es el “sentido” o razón el que permite a través de su expresión normativa (la Ley) que convivamos socialmente pese a nuestros sentimientos encontrados.

Batalla de Sadowa o Königgrätz, cuadro de Georg Bleibtreu.
Batalla de Sadowa o Königgrätz, cuadro de Georg Bleibtreu.

La principal expresión filosófico-literaria del sentimiento fue el romanticismo, pero las consecuencias de aplicar las doctrinas románticas, basadas en el sentimiento, como forma de hacer política no pudieron ser más nefastas; desde 1850 a 1945, las continuas guerras “románticas” fundamentadas en el sentimiento arrasaron Europa: alemanes contra franceses, franceses contra alemanes, italianos y húngaros contra austriacos, británicos contra el continente, rusos y españoles contra sí mismos y todos contra los judíos. Y a finales del siglo XX, la experiencia del “sentimiento” re-inducido en los Balcanes volvió a revivir el fantasma. De hecho, una de las principales amenazas para nuestra civilización es el “sentimiento integrista” musulmán que desde el 11S hasta el ISIS no cesa de causar víctimas inocentes, en una devastación que ha producido uno de los mayores éxodos que se recuerdan.

Tradicionalmente el sentimiento nacionalista descansa en una idea de superioridad tribal, supuestamente no reconocida por el entorno del que se quiere independizar y que lleva a un victimismo aderezado de xenofobia. En el caso catalán la crisis económica, mundial y de causas múltiples, se pretende traducir como fruto de un único enemigo responsable: la corrupción e ineptitud del Estado Español. Ese “España nos roba” de los separatistas, se azuza con el “Cataluña nos roba” de los separadores y es muy fácil, si no se usa la razón y el valor de defenderla, caer en las trampas de los eslóganes, como ha ocurrido a lo largo de nuestra historia. La realidad es que en Cataluña, como en el resto de España, han existido abusos y la clase política no ha estado a la altura de las circunstancias.

Cuando se valora más a las personas por su poder social o económico que por la dignidad de sus actos, los principios éticos desaparecen y los políticos pierden su ejemplaridad ante la sociedad; pero en eso, Cataluña está igual que el resto del país. La lógica del análisis lleva a considerar que el “procés” es, para muchos de sus instigadores, una forma de huida hacia adelante y de escapar de las responsabilidades penales por corrupción; en este sentido resulta paradigmático el comportamiento de ERC de mirar para otro lado, por bien del “procés”, en relación con los escándalos del 3% (¿o ya es el 5%?). Por ello, poca o ninguna seguridad podrán tener los catalanes de que su nivel de vida no sólo se mantenga, sino que no empeore en una República Catalana cuyos padres fundadores están enfangados en lo más abyecto de la corrupción.

Hay más mentiras que nutren la fantasía nacionalista, por ejemplo la historia; Cataluña nunca fue una nación independiente y hasta la muerte del rey Fernando formó parte del Reino de Aragón, mientras que la revuelta de Casanova no era por la independencia catalana sino, como en otras zonas del país, en defensa de la casa de los Austrias como herederos del trono de España (supongo que eso ya no se cuenta en la Diada).

Tampoco es cierto que existan derechos de los territorios: los peñascos y los ríos no tienen derechos, los tenemos los ciudadanos que por eso somos libres e iguales ante la Ley. Otra mentira es que el derecho de los hispanoparlantes en querer educar a sus hijos en su lengua vehicular o materna (como siempre muchos hemos defendido para los catalanoparlantes) vaya en detrimento del catalán: los idiomas son herramientas de comunicación y factores/productos culturales, pero la cultura es algo vivo y no precisa protegerse artificialmente como si fuese un animal en extinción.

Asimismo, está el gran sofisma del mal llamado “derecho a decidir” (que debería traducirse como derecho a decidir unilateralmente) basado en el derecho de “autodeterminación de los pueblos”; sin embargo, tanto en los dictámenes de las Naciones Unidas, como en los escritos de la mayoría de los pensadores de los últimos años, es un principio asociado a situaciones de descolonización y ya me dirán los del “procés” en qué momento fue colonia Cataluña, incluso cuando algunos de ellos hablan de los “Països Catalans”, anexionando Andorra, los Pirineos Orientales, la Franja, Valencia y Baleares; por cierto, sus compañeros de viaje de la izquierda populista deberían recordar lo que Rosa Luxemburgo opinaba del nacionalismo burgués, aunque también les vendría bien releer el libro “La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo” de Vladimir Illich Ulianov -Lenin-.

Es verdad que de forma torticera y por motivos inconfesables distintas potencias favorecieron el derecho a decidir unilateralmente en los Balcanes, a costa de terribles derramamientos de sangre. En cualquier caso la opción lógica, que se debería aplicar en España, es una consulta a toda la población española (no sólo la residente en Cataluña): bien directamente por referéndum o de forma indirecta, por un consenso del Parlamento, cómo lo que ocurrió con Checoslovaquia cuando decidieron separarse pacíficamente en Chequia y Eslovaquia; las referencias al caso Quebec o a Escocia vuelven a olvidar las distintas realidades históricas.

Con todo, lo más grave puede ser el comportamiento de algunos de los más ilustrados, como ciertos miembros del mundo cultural,  académico y científico catalán a los que por formación y actividad profesional habría que exigir un compromiso con la verdad. Las recientes amenazas de Lluís Llach hacia los funcionarios que no sigan el “procés”, causan sonrojo y llevan a pensar que “L’estaca” se ha convertido en la dictadura independentista.

Asimismo, decir en público que la investigación científica catalana mejoraría en una Cataluña independiente o que la distribución de los recursos económicos para investigación desde el Gobierno central se hace con criterios políticos subjetivos en contra de Cataluña, no sólo es un error, sino una flagrante calumnia pues los relatores de eso bien saben que no es cierto. El objetivo de la ciencia es la búsqueda de la verdad y ese anhelo no atiende a fronteras, ni banderas. Cualquier investigador asume que un hecho aislado no dice nada y lo importante es la significación estadística. Llevo mucho tiempo asistiendo a los paneles de evaluación para la financiación de proyectos estatales de investigación científica y jamás se ha discriminado a ningún investigador en función de su ideología, sexo o adscripción geográfica, lo único que se tiene en cuenta es la calidad de la propuesta. Lo mismo ocurre con la financiación por Fundaciones Privadas de ámbito nacional.

No obstante, este comportamiento no es nuevo y tal vez el caso más famoso fue el discurso de Martin Heidegger, al tomar posesión del rectorado de la Universidad de Friburgo, apoyando el nazismo; ¿cómo un intelectual de tal altura pudo suscribir unas ideas opuestas a su ideario filosófico? es algo que todavía sigue causando controversia y pesar. Tal vez, como luego escribiría su discípula Hannah Arendt, todo sea “la lección de la terrible banalidad del mal, ante la que las palabras y el pensamiento se sienten impotentes” y también debemos añadir la cobardía humana de no querer enfrentarse a las ideas dominantes.

En cualquier caso, confiemos que, parodiando la famosa novela de Jane Austen, en Cataluña triunfe el sentido sobre la sensibilidad mal entendida, la razón sobre el sentimiento destructivo; es decir, que se imponga el “seny” sobre la “rauxa”. Algunos cachorros del “procés” deberían leer alguna vez a Josep Pla i Casadevall para entender qué es realmente Cataluña.

José María Rojas Cabañeros
Jefe del Área de Biología Celular y del Desarrollo del ISCIII
R
esponsable del Programa Electoral de Política Científica de Ciudadanos

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