La provocación y el odio. Alsasua

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Irene González Fernádez
Irene González Fernádez
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Este domingo 4 de noviembre, Albert Rivera ha convocado un acto de la plataforma España Ciudadana en Alsasua en señal de apoyo a los Guardias Civiles y sus parejas que fueron salvajemente agredidos allí hace dos años por ser quienes eran, lo que convirtió a Alsasua en un símbolo para los constitucionalistas. Desde dicho anuncio algunas personas en Madrid han tenido a bien acercarse a mí y hacerme las tan amables apreciaciones siguientes:

—“¿Y a qué vais a Alsasua, a provocar?.”—“¿Y qué crees que opinan los vecinos de Alsasua de que vayáis a provocar a su pueblo y después se queden ellos aguantando la crispación?, ¡con lo tranquilos que están ahora!.”—“Ir a Alsasua es una provocación”. Y mi favorita —“reconócelo, ir a Alsasua es ir a buscar movida, vais a provocar a ver si os hacen algo y luego haceros las víctimas”.

Esto puede que sorprenda, o incluso lo compartan muchas personas que no han conocido el nacionalismo vasco, pero los que conocemos el lenguaje del odio, el pozo pútrido de degradación moral en el que la cobardía disfraza al mal, nos resulta un lenguaje tristemente familiar.

Era la provocación la excusa invocada por muchos sacerdotes de pueblos en el País Vasco para celebrar en las sacristías y por la puerta de atrás, los funerales de Guardias Civiles asesinados, muy en la línea del Obispo del Averno Setién, que se negó a celebrar el funeral del socialista asesinado Enrique Casas en San Sebastián, porque hubiese sido una provocación para el entorno de ETA.

También han sido tildadas de “provocación” operaciones policiales contra terroristas por parte del PNV, incluso por parte del PSE de Eguiguren mientras negociaba con ETA. Un PSE muy distinto al de Casas que tenía una fuerte base social trabajadora venida de otras partes de España. Hasta en esto el PSC y el PSE han ido a la par, lo que fueron y lo que son.

Para los que solo han tenido una aproximación al entorno del odio nacionalista a través de la literatura de no ficción de Aramburu, recordarán cómo en Patria la viuda del asesinado, Bittori, vuelve a su pueblo del que fue expulsada y todo el mundo tildaba de provocación que se pasease por el pueblo y “se dejase ver”. Aquí la clave. Era una provocación que las víctimas de los crímenes “se dejasen ver”. Puro odio. El proyecto de exterminio absoluto que supone el nacionalismo vasco, no solo no permite que lo que huele a español o no aplauda a la ETA, participe de la vida pública y las instituciones, es que no soportan si quiera vernos, escucharnos, que alguien alce la voz en protesta de un crimen.

La provocación. Siempre es invocada por los que comparten y asumen el discurso del nacionalismo, en el que su absoluta hegemonía hace que la víctima asuma su papel de culpable, de merecedora de las consecuencias que los totalitarios hayan decidido. La provocación. La arrojan en su lenguaje para que paralice cualquier resquicio de protesta o impulso de alzar la voz para sentirte libre en una sociedad en la que serás acosada, expulsada o asesinada por no ser abertzale. El que se lo toma como una provocación es porque siente odio, y en el mejor de los casos es el que asume el lenguaje de la exclusión. ¿Es provocación de la víctima? No, es odio del victimario.

Uxue Barkos, la neoabertzale Presidenta de Navarra, ha conseguido que la Kale Borroka vuelva a las calles desde que ella llegó al poder y garantizó su impunidad junto a un compromiso de expulsar a la Guardia Civil y anexionar Navarra al País Vasco, anhelando que la lehendakaritza fuese ocupada por Otegi. Los neoabertzales, muchos de ellos estaban en comandos, tienen la palabra “paz” siempre en la boca, empleándola como solo ellos saben para que resulte una amenaza salirse del entorno nacionalista. “Dejad Alsasua en paz”, dice Otegi. “Alsasua es tierra de libertad”, ¿para quién, Uxue?. No hay mayor prueba de la falta absoluta de la misma el hecho de que afirmen que ahora hay paz (porque gobiernan ellos en las instituciones y en las calles), y si alguien cuestiona esto, ¿qué harán, volver a la violencia? Claro, y estará justificado porque quienes reivindican ser ciudadanos de pleno derecho, habrán alzado la voz, habrán provocado. Perverso. Asqueroso.

Ir a Alsasua no es una provocación, sino un acto político y moral. En España existen territorios en los que si un español se deja ver, supone una provocación para los consumidos en el odio, hundidos en la ignorancia, y crecidos en la mentira de la paz.

En Alsasua un 25% del electorado votó a partidos constitucionalistas, ¿creen que son los ciudadanos con mayor cota de libertad?¿son los que mejor viven en paz, en la paz del silencio bilduetarra?.

Cuando hacer un acto político en cualquier rincón de nuestro país defendiendo la Constitución deje de ser considerado como una provocación, habremos conseguido un país de ciudadanos libres e iguales.