La democracia es de todos

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Debe ser cuestión de creérselo, de tener fe. Como cuando vamos por la calle y vemos a un bebé, le dices a sus padres: “que cosa más bonita, que lindo es”. Como cuando una madre le dice a su pequeña María: “eres la niña más guapa del mundo entero”. Como cuando un papá orgulloso y protector le dice a su querido hijo: “eres el niño más fuerte del planeta”. En definitiva, desde que nacemos vivimos en un mundo con realidades subjetivadas a interpretación individual. Casi lo mismo que con la política.

Resulta notorio el escaso reconocimiento a nuestros políticos en la sociedad civil actual, hasta el punto que si le preguntas a un adolescente te dirá: “esos son todos unos ladrones”; pero si le preguntas al grupo de abuelitos que cada tarde se sientan en el mismo banco del parque a la sombra de un enorme platanero, ellos te dirán: “esos son unos sinvergüenzas que sólo piensan en ganar elecciones y no en lo mejor para el pueblo; hazme caso a mí que llevo ya muchos años vividos.”

Y es que, en nuestra vida cotidiana, la política se encuentra muy fracturada. La Democracia nació tras un régimen dictatorial, que generó una herida social profunda y yacente en los corazones de todos los españoles. Surgió como un nuevo fármaco capaz de curar un virus que arrastraba sangre y muerte. Y así fue, al menos, durante un tiempo.

No pretendo caer en el relativo absoluto, pero no es suficiente para mí que un grupo de expertos digan lo que es o no es mejor en cada momento de nuestra actualidad política. Imaginemos el funcionamiento de una empresa, encabezada por la asamblea o equipo directivo, y tiene que decidir sobre poner en el mercado un artículo o no. Es posible que sus criterios se vean eclipsados por patrocinadores que no pretenden lo mejor para sus clientes, sino únicamente vender el producto a su mayor beneficio propio.

Aplicando el símil en nuestro sistema actual democrático, nuestras élites políticas y económicas no se cansan de hablar de términos que fluctúan entre argumentos positivistas con otros menos auguradores, dejándonos en un marco de incomprensión que justamente genera el desconocimiento de la población del verdadero motivo de las decisiones. En conclusión, nos hemos convertido en objeto de verdades ocultas.

Por consiguiente, es de una hipocresía y arrogancia incondicional pensar que unas elecciones representan la voluntad del pueblo, y que tales representantes tienen absoluta potestad para ejercer de una u otra forma su poder en favor de sus propios votantes, o peor, en contra de quienes no los han votado. La Democracia se ha convertido en un espectáculo de marionetas de los políticos que nosotros nos sentamos a ver y nos entretiene, pero cuyos hilos están movidos por sus deseos partidistas y electorales. Esto provoca aquello que pretende paliar, que cada cuatro años un cambio gubernamental cambie radicalmente la percepción sobre algún aspecto legislativo y vuelva a darle la vuelta a la tortilla realizando una nueva política con criterios totalmente opuestos. Cuidado, que la tortilla puede romperse, y, cada vez más, el mango que sostiene la sartén tiembla más y los comensales son más exigentes.

¿Soluciones? Pocas y difíciles. Además, con total seguridad serán objeto del paredón sin sentencia previa. Pero, siendo un artículo de opinión, yo escribo mis percepciones y dejo abierto el buzón de los comentarios para el debate.

Las elecciones del 21 de diciembre son causa innegable de la priorización del Gobierno Central para restaurar el orden constitucional, democrático y legal en una Cataluña que aboga por sentirse estable de nuevo. Hemos pasado de un conflicto social entre independentista y nacionalistas por reivindicaciones contra la decisión de encarcelamiento de los miembros del exGovern. La independencia existe, pero es del poder judicial frente al resto de poderes del Estado. De otra manera, también existen circunstancias atenuantes o agravantes para otros tipos de infracciones y sanciones, por ejemplo, las urbanísticas. ¿Qué ocurriría si pudiera crearse una asamblea de ciudadanos para que, de una manera tangencial, establecer su posición en referencia a la decisión judicial previa a la sentencia como si fuera una circunstancia a ponderar por el juez? ¿Y si dicha asamblea también pudiera tener voz en la tramitación de las leyes para que funcionase a modo de control en los continuos cambios de criterios a razón del traspaso de poderes entre gobiernos de diferentes grupos políticos?
Permítanme que introduzca el concepto griego de la EKKLESÍA. En la democracia griega ateniense era la asamblea de los ciudadanos. Entonces, la función de la asamblea sería de control de los intereses generales de la ciudadanía. La elección de sus componentes podría realizarse por sorteo entre voluntarios que se inscriban, cambiando su composición al 50% cada 6 meses, y así se promueve la participación ciudadana en la política, en las decisiones, y de diferentes clases sociales. Es decir, una asamblea que sirviese siempre a los intereses ciudadanos, formados por gente del pueblo, y no sirvan a los intereses políticos.
En las personas está el poder. Nosotros, queridos lectores, somos los que depositamos nuestro futuro en manos de los elegidos, pero eso no hace que debamos callar y dejar hacer. Quizás la solución pase por pequeñas actuaciones concretas en modificación de un sistema democrático que está en declive exponencial sin forma de frenarlo. Es necesario actuar para salvar la Democracia, no con el estado vejatorio que muchos políticos y ciudadanos realizan, sino mediante propuestas y sugerencias que nos permitan pasar de un estado vegetativo a un activismo propio de los que soportamos el yugo de las situaciones políticas que enfrenta nuestro país. Es la hora de actualizar la Democracia a los nuevos tiempos, a las nuevas generaciones.

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Licenciado en Arquitectura. Máster en Urbanismo y Ordenación del Territorio (MUOT). Essential Leaderships CCL

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