El ‘sanchismo’ liquida España (y al PSOE)

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Foto: Pool Moncloa/Borja Puig de la Bellacasa
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‘Para que no se pueda abusar del poder, es preciso que el poder detenga al poder’; Montesquieu

De un tiempo a esta parte, sin ambages ni circunloquios, el PSOE ya no es el PSOE. ¿Qué dices?, ¿estás loco? No solo lo digo, lo escribo, lo afirmo y lo reafirmo. Su Secretario General, Pedro Sánchez, lo ha envuelto en una capa de invisibilidad que lo hace irreconocible: el sanchismo. Todo comenzó el día que este accedió a la Moncloa con el apoyo de populistas, separatistas y amigos de etarras. Ese día el PSOE se quedó con la P. Nada más. Y esto me embarga de tristeza.

Sánchez ha maniobrado para liquidar a España y al propio PSOE mientras se mira las manos en el Falcon y se ajusta las gafas de sol. Ha entregado los valores constitucionales al separatismo y al populismo en varios niveles y camina en el filo del sanchismo. En el filo de sí mismo.

Hasta tal punto ha llegado la insostenible situación dentro del partido que Felipe González (¡Felipe González!) en el Foro Iberoamérica, con esa voz moldeada en el pozo de la experiencia política del que ha tenido el poder, sentencia “Llegan con votos y gobiernan con botas”, mientras los barones socialistas callan cómplices de la traición. El silencio más desgarrador es el de su archienemiga Susana Díaz, con las elecciones andaluzas a la vuelta de la esquina y rezando a la Virgen del Rocío para que no le salpique la próxima ocurrencia de su Secretario General (EREs aparte). El susanismo tiene miedo de que le engulla el sanchismo. Tal es el temor que le embarga que ha suprimido el logo del PSOE en la cara delantera de las banderolas que ondean en las farolas de la campaña de Andalucía. Todo un gesto lleno de intenciones.

Con un CIS que nadie se cree, el gobierno vive en una nube de frágiles algodones cuya estructura se puede desvanecer con un soplo de Quim Torra o Pablo Iglesias. Desde que Sánchez validó como interlocutores “al bueno, al feo y al malo” (metáfora cinéfila, que nadie se me enfade), Torra, Puigdemont e Iglesias, pónganle el orden metafórico que quieran, para establecer la estrategia de desarrollo de la “nación de naciones”, no han sido pocas las voces socialistas las que, en la sombra, sin hacer ruido, como un susurro, han puesto el grito en el cielo mientras sentían arder su carné de socialistas en la cartera. Que nadie se mueva, es la consigna del inmovilismo en el partido que fue clave en los inicios de la joven democracia española de finales del siglo XX. Qué tiempos, cuando no existía el sanchismo.

Alejada la consigna de la indisoluble unidad de la nación española, punto esencial de nuestra Constitución española, fijada en su Título Preliminar, y con el único propósito de mantenerse en el poder, Sánchez ha pactado con los excluyentes separatistas (que quieren romper esa unidad), se desdice de sus palabras mentirosas “convocaré elecciones, sí, cuanto antes, por supuesto” pronunciadas justo antes de la moción de censura a Mariano Rajoy. No tardó ni un mes cuando en Televisión Española se desdijo y aseguró que aspiraba a “agotar la legislatura y convocar elecciones en 2020”. Todo ello sin aprobar los Presupuestos Generales del 2019 todavía, otorgando concesiones a los separatistas a diestro y siniestro y averiando el Falcón de tanto viaje para su lustre personal. La copia del marketing en redes sociales a Trudeau roza el esperpento. El sanchismo es puro esperpento. Mientras tanto pretende gobernar durante el 2019 con los presupuestos prorrogados del PP y Ciudadanos, es decir, sin presupuestos propios, con el voto en contra del propio PSOE, de los cuales dijo que eran los presupuestos más antisociales del mundo. ¿Es capaz Sánchez de gobernar con unos presupuestos que él cree que son malos para España? Esto es el sanchismo, todo con tal de ostentar el poder.

Una de las claves del artículo 2 de la Constitución española es la solidaridad entre las nacionalidades y regiones que integran la propia Nación española (con mayúscula, no lo olvidemos), concepto que Torra rompe de cuajo con su falso concepto de “autodeterminación” y su “tenemos que atacar a este estado español injusto”, lo que le lleva a una reivindicación, falaz, falsa y llena de podredumbre procesista, que Sánchez le alquila en su intento de respirar un oxígeno que no le han otorgado las urnas. Lo hemos visto en el famoso pacto de la cárcel de su vicepresidente en la sombra, prometiendo indultos de condenas que aún no han llegado (con Iceta aplaudiendo al ritmo de Queen, el cual acaba de asegurar que no cree que los independentistas encausados haya cometido sedición ni rebelión), imponiendo líneas de actuación a la Abogacía del Estado, jugando al trueque del bazar de la miseria política, destrozando en silencio a un partido, el PSOE, cuyos valores de solidaridad ha predicado desde sus inicios.

Albert Rivera fue directo en el Congreso cuando le preguntó: ¿Piensa indultarles si hay condena y usted es presidente, sí o no? El presidente Sánchez calló. Y no hay nada peor en política que el silencio. Se lo repreguntó en varias ocasiones, cambió ligeramente la pregunta: ¿Se puede comprometer con los españoles a que jamás hará uso del indulto con los golpistas? Sánchez hizo un teatrillo contestando con “la economía va bien” y comparando a Rivera con Casado, algo impropio y ridículo en un presidente del gobierno. Con su sonrisa de medio lado, cual gánster ante las preguntas de la policía en una película de cine negro, Sánchez sabe que si abre la boca mentirá, como en tantas y tantas ocasiones en las que la hemeroteca maldita le ha pillado en los cinco meses que lleva ocupando el puesto en la Moncloa. Recordemos cuando Sánchez defendía públicamente que “claramente” se había cometido un delito de rebelión. Así, tal cual, con todas las letras. Quiso arreglarlo la vicepresidenta Carmen Calvo con su ya famoso “en mayo Pedro Sánchez no era presidente del gobierno”, tomando por tontos a los periodistas de la sala de prensa y, por ende, al resto de la sociedad española. Tampoco Sánchez era físico teórico, y ahí está, desmontando el cosmos.

El problema no es que mienta, todos los presidentes lo han hecho, desgraciadamente. El problema es que no va de frente, por acción o por omisión de certezas. En el apartado fiscal que se lo digan a los autónomos (subida de cuota mínima), a los hipotecados (pagarán indirectamente), a los conductores de coches diesel (pagarán directamente), a los empresarios (SMI, dinamitando el diálogo con los sindicatos, y aumento cotizaciones sociales e Impuesto de Sociedades), a Bruselas (¡a Bruselas!, plan presupuestario, Ley de estabilidad presupuestaria, deuda transicional y el “aval” del AIREF), a los trabajadores de rentas altas (aumento de bases máximas de cotización entre un 10 -12%), y así un largo etcétera de sablazos fiscales que no harán sino ralentizar la economía española (con pérdida de competitividad) y provocar una caída del ahorro familiar (del consumo interno, claro).

Felipe González, Carlos Solchaga y Pedro Solbes, han avisado, por activa y por pasiva, que esta no es la senda del crecimiento que se espera tras la larga recesión que ha vivido la economía española, tampoco son las formas, las grandes empresas generarán menos empleo y se corre el riesgo de la deslocalización a terceros países. Por su parte Alfonso Guerra manifiesta su nula confianza en Pedro Sánchez y en el concepto de “democracia” de su socio Podemos, rechaza que se pueda gobernar con 84 diputados (“muy difícil y muy complicado” ha aseverado) y pide claramente un adelanto de elecciones. “Ahí están metidos en un lío todos […] todos están sumando posiciones poco legales por un lado y de otro y no sé cómo terminará eso”, ha aseverado. Sabemos por qué lo hace: teme que Sánchez debilite tanto al PSOE que le haga un daño irreparable.

Felipe González ha advertido a Sánchez de que en España se está “fragilizando la institucionalidad”, en clara alusión a la separación de poderes y el debilitamiento del entramado institucional impulsado por los planteamientos asamblearios de su socio Podemos.Y le dice más, o se hacen reformas serias que garanticen dicha separación de poderes (legislativo, ejecutivo y judicial) o corremos el riesgo de caer en manos de “caudillos que se transformarán en tiranos”. González sabe que Sánchez le está haciendo el trabajo “sucio” a Podemos con sus concesiones al separatismo y con los presupuestos populistas, lo que puede llevar a un debilitamiento interno y externo del propio PSOE de cara a su electorado.

Por su parte Podemos ya ha dejado caer que sin presupuestos las elecciones “están más cerca”, una vez comprobado que los separatistas no tienen intención de apoyar los presupuestos. Esta situación llevará a Sánchez a gobernar a golpe de decretos, una catarata jamás antes vista de decretos-leyes que intentaría sostener los puntos de acuerdos con Podemos más sociales. Si Sánchez no presenta el anteproyecto de ley presupuestaria los de Podemos lo tienen claro: elecciones generales anticipadas. El PSOE tiene miedo a presentar dicho anteproyecto ya que, si no son aprobados los presupuestos, su imagen puede verse seriamente dañada. La ministra de Hacienda sigue negociando por la puerta de atrás y asegura que tiene intención de presentarlos en diciembre. Ya veremos.

Y mientras España se tambalea ante los golpes del separatismo catalán y los empujones populistas, y el huido de la justicia española se carcajea en Waterloo, Otegi se frota las manos y manda a los cachorros a Alsasua, con el carnicero de Mondragón al frente, al más puro estilo Cerbero en las puertas de Hades, a defender la morada de los muertos como propia y acosando a los españoles que pisan la tierra de todos: España. Las declaraciones del portavoz socialista en el Senado, Ander Gil, son miserables, “fueron a agitar el odio a Alsasua los que nunca tuvieron que mirar bajo su coche” aseguró, mientras las víctimas de ETA eran acosadas en la misma Plaza de los Fueros de Alsasua. Ante estas palabras vomitivas Albert Rivera replicó ¿A este gobierno le molesta una víctima del terrorismo pero no el carnicero de Mondragón? ¿Les molesta Fernando Savater, referente en la lucha contra ETA?

Mientras tanto José Luis Ábalos, Secretario de Organización del PSOE y ministro de Fomento, hace el papel de escudo de corcho del presidente, y ante la pregunta de un posible adelanto electoral contesta que habrá elecciones “cuando el presidente lo estime conveniente, pensando en la estabilidad de este país”, y asegura que el PSOE “es el único partido que tiene un proyecto para España y que garantiza la estabilidad de este país”. No le vamos a negar a Ábalos que el PSOE del sanchismo tiene un proyecto para España: liquidarla a trozos. Insisto, el del sanchismo.

Decía Sófocles que “Siempre se repite la misma historia: cada individuo no piensa más que en sí mismo”, y el sanchismo es buena prueba de ello. Poco le importa a Sánchez que España se rompa en mil pedazos, que las instituciones pierdan toda credibilidad o que el PSOE se desgarre en sus valores, su ideario, su gente. Y esto, señores, me embarga de tristeza, como ya dije al principio. Sánchez pasará a la historia de la democracia española por hacerlo peor que todos los presidentes anteriores, por ceder ante el chantaje separatista, por sus ministros estrellados, por sus manos de seda en el Falcon presidencial, por romper en pedazos la ilusión del PSOE y de todos los españoles. Por gritarle a Montesquieu quítate de aquí que me molestas. Por liquidar a España.

Y recordando la cita con la que comencé el artículo, la completo: “Para que no se pueda abusar del poder hace falta que, por la disposición de las cosas, el poder detenga al poder. Una Constitución puede ser tal que nadie se verá obligado a hacer las cosas que la ley no le obliga, y no hacer aquellas que la ley le permite.” Pues eso. No el sanchismo, una Constitución.