El bipartidismo indisimulado

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El pacto del bipartidismo ha quedado vagamente disimulado pero se le ven los pies detrás de las cortinas
El pacto del bipartidismo ha quedado vagamente disimulado pero se le ven los pies detrás de las cortinas | Fotografía: Pool Moncloa/ César P. Sendra
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Decía Baltasar Gracián “Es tan difícil decir la verdad como ocultarla”. Y de ahí parte el problema, de ocultarla

Pedro Sánchez ni puede decir la verdad ni va a poder ocultarla. Bene curris, sed extra vium, corres bien, pero por el camino equivocado. A su lado, Mariano Rajoy, se hace el distraído cuando le preguntan y sólo acierta a responder a la gallega, o no hacerlo. Cuando se aprobaron en el Congreso los presupuestos del 2018 no se le veía muy exultante a Mariano. Zozobraba su pensamiento, ínsito vacuo descriptivo de la situación política actual, ora bipartidista, ora nacionalista. A su lado, una cohorte de aduladores sonreían o ponían caras serias, según el día, o mostraban su lado más chulesco, en clara superioridad del poder ejerciente. Eso fue hasta el viernes 1 de junio del 2018, fecha en la que triunfó el bipartidismo.

Un giro temerario de Sánchez ha roto el statu quo no dictado en la reciente democracia española, esto es, arrebatar el poder al gobierno mediante una moción de censura exitosa por primera vez en nuestra historia. Lo de “censura exitosa” es un claro oxímoron figurado sólo aplicable para el censurado, por supuesto.

En la joven democracia española se han presentado tres mociones de censura (además de la presentada actualmente)  y dos cuestiones de confianza desde la aprobación de la Constitución del 78. La primera moción la presentaron los socialistas en mayo de 1980 contra Adolfo Suárez con Felipe González de candidato, le faltaron 24 votos. La segunda moción la presentó Alianza Popular en marzo de 1987 contra Felipe González, Antonio Hernández Mancha tuvo en contra una abrumadora mayoría, su imagen se vio muy resentida (332 votos emitidos, 67 a favor (AP y Unión Valenciana), 195 en contra (PSOE, Izquierda Unida, PNV, EE) y 70 abstenciones (CDS, CiU, PDP, PL, PAR, AIC y CG).

La tercera, la del antiguo obrero de piso obrero e ideología obrera, ahora casta con chalé, piscina y zona ajardinada para su solaz esparcimiento, valga la redundancia, fue en junio de 2016, y tuvo 170 votos en contra de PP, Ciudadanos, UPN, Foro Asturias y Coalición Canaria y 97 abstenciones de PSOE, PDeCAT, PNV y Nueva Canarias.

Fue entonces, en esta última, donde se acordó, entre bambalinas y a pesar de no salir adelante, conseguir una futura mayoría que permitiese la alternativa política en el Gobierno de España. Acabaron casi como amigos, quién les iba a decir a los socialistas hoy que pactarían una moción con Podemos, cuyo líder un mes antes de aquella moción fracasada dedicara unas duras palabras al primer presidente del PSOE respecto al asunto de los GAL: “El señor Felipe González tiene el pasado manchado de cal viva”. Con estas graves palabras Iglesias marcaba el camino de Sánchez para que se apartase de la senda tradicional socialista de la vieja y caduca guardia del partido que desaconsejaba pactar con Podemos. Y funcionó, vaya si funcionó.

Llegamos a la cuarta moción de censura, la aprobada el viernes 1 de junio de 2018, fecha en la que podemos asegurar con rotundidad aquello de que el bipartidismo está bien engrasado.

Pedro Sánchez ha conseguido llegar a presidente del Gobierno con los votos del PSOE (84 diputados), Unidos Podemos (67), ERC (9), PDeCAT (8), PNV (5), Compromís (4), EH Bildu (2) y Nueva Canarias (1), una mezcla de lo más variopinta que suman los votos de 180 diputados, cuatro más de la mayoría absoluta, con los votos en contra del PP, Ciudadanos, UPN y Foro Asturias, la suma de 169 parlamentarios. La representante de Coalición Canaria se abstuvo.

Nos encontramos el martes 5 de junio con la dimisión de Mariano Rajoy como líder del PP, los cuchillos vuelan en Génova pues queda muy poco pan para cortar según los últimos sondeos que auguran una debacle en los votantes del Partido Popular y, por consiguiente (felipismo al canto), una reducción en los futuros escaños a ocupar en el Congreso de los Diputados, por lo que alguno se va a quedar sin la merienda. La ansiada renovación solicitada a voz en grito por un sector de sus votantes la deja Rajoy para su sucesor, el cual será elegido en un congreso extraordinario al final del próximo verano si nada se tuerce.

 

El restaurante, la sobremesa y el bolso parlamentario: todos con Sánchez (hasta el bolso)

Veamos los acontecimientos con algo de perspectiva. El jueves 31 de mayo intervenían los grupos parlamentarios durante la moción de censura a Mariano Rajoy. Entre bambalinas, por la mañana, no eran pocos los que pensaban que el todavía presidente del Gobierno tenía dotes oscuras de prestidigitador y salvaría, in extremis, la moción de censura y su cargo con ella. Tras el receso para el almuerzo los periodistas esperaban al presidente para sonsacarle alguna declaración por los pasillos del hemiciclo. Moncloa confirmó que el presidente se ausentaría toda la tarde de su propia moción de censura pues consideraban que no tenía por qué intervenir. Ocho horas alargó la sobremesa en un restaurante con su núcleo duro de Ministros. Ocho, casi nada. Ni en las bodas de los pueblos aguantan tanto con la copa y el puro. Mientras tanto la imagen del bolso de la vicepresidenta ocupando el asiento del presidente era elocuente. No estaba invitado a la fiesta.

La secretaria general del PP, María Dolores de Cospedal, aseguraba en una sala contigua al hemiciclo que Rajoy no iba a dimitir. “Estamos viviendo una moción de censura que tiene un único propósito que es echar al gobierno del PP, su presidente y que el señor Sánchez, que nunca ha ganado unas elecciones, sea presidente del gobierno” declaró. Llegados a este punto debemos preguntarnos como lo hacía Cicerón: Cui bono?, ¿a quién beneficia?

Rajoy no dimitió, el Congreso aprobó la moción de censura con 180 votos a favor, y Sánchez tuvo que tragarse el apoyo de los independentistas catalanes y los “herederos del terrorismo” (Maíllo dixit) para conseguir ser el primer presidente que llega al cargo a través de este mecanismo constitucional sin tener acta de diputado ni pasar por las urnas.

 

A por Ciudadanos, festina lente

El debate de la moción en sí más pareció ser un combate dirigido hacia el líder del partido naranja que una explicación programática del candidato Sánchez o dejar en evidencia al casi muerto presidente del Gobierno. Cuando Albert Rivera tomó la palabra se montó un jaleo, bullicio, barahúnda, abucheos, caos o llámenlo como quieran en la bancada popular como si el que hubiera presentado la moción de censura hubiera sido el hasta ese momento su socio de investidura. Ni siquiera la intervención de Bildu o Esquerra Republicana motivó tal comportamiento a los populares. Cuando Sánchez intervino, en duro ataque al líder de la formación naranja, llegó incluso a arrancar aplausos desde la bancada popular. Es en este momento cuando cambiamos de Cicerón a Séneca: Cui prodest? ¿Quiénes son los beneficiados?. La frase atribuida al filósofo romano es: Cui prodest scelus, is fecit (Quienes se han beneficiado -de un hecho punible-, son los que lo han cometido). No diremos que la moción es un hecho punible, está reconocida en la Constitución, si bien nos quedaremos en el fondo del concepto y no en la forma, lo tomaremos como algo figurado.

Los sondeos y encuestas analizados desde agosto del 2016 hasta la actualidad han mostrado una fuerte tendencia alcista en la intención de voto hacia Ciudadanos, la cual ha provocado dos situaciones en el panorama político español: la primera, el PP ha caído en barrena de forma escandalosa y, la segunda, el PSOE no ha conseguido despegar para ocupar su sitio electoral de alternancia en el poder. Ambos partidos, cuyo nexo común es el bipartidismo tradicional que alterna el ejercicio del poder en España desde hace décadas, han unido todas sus fuerzas para luchar contra el osado color naranja que sube como la espuma. Los españoles han visto cómo la sentencia del caso Gürtel (PP) y la trama del caso de los ERES (PSOE) colapsan a ambos partidos de corrupción hasta la última gota de esencia olorosa de agua estancada. Hoy el efecto Moncloa ha hecho recuperar puntos al PSOE, los nuevos ministros estrella han hecho su papel mediático, veremos cuánto dura.

Sánchez, al acceder a la presidencia del Gobierno de España con el apoyo de EH Bildu y ERC, hace suya la máxima de Gracián: “Cada uno muestra lo que es en los amigos que tiene». Rajoy, del que hemos escuchado que dejará de presidir el PP, se echaba a un lado en claro ejemplo de aquiescencia, sin importarle lo más mínimo en manos de quiénes queda el futuro del país.

Si fuéramos mal pensados, sólo un poco, nada extraordinario, llegaríamos a la conclusión de que que el PSOE le ha echado una mano al PP hasta que pase el efecto Gürtel tomando las riendas del poder, dándole así el tiempo necesario para que se recupere y pueda limpiar su imagen hasta las próximas elecciones. Al mismo tiempo, el PP le estaría echando un verdadero capote al PSOE con esta victoria pírrica de la moción de censura de cara a recuperar su electorado perdido el cual ha ido a parar a Podemos y Ciudadanos. Mientras tanto Podemos y su “Sí se puede” (más teatral que una tragedia griega de la antigua Atenas) cree tener atado su voto apoyando el derrocamiento de Rajoy a la vez que, miel sobre hojuelas, se deja de hablar de un chalé para Pablo pero sin el pueblo, un despotismo ilustrado al estilo comunista.

Todos ellos, PP, PSOE, independentistas y adláteres, yerran. Ellos no lo saben, miran su ombligo y se felicitan, qué bien lo hemos hecho (incluido Rajoy, el censurado), hemos conseguido nuestro propósito. En un rincón, apartado, han dejado solo a Ciudadanos.

Sánchez y su equipo tienen la ardua tarea de lidiar con el problema catalán sobre el que Sánchez ha dicho que quiere abrir el diálogo” con el nuevo Govern y alcanzar una “solución política” que supere el ámbito de “los tribunales”. Torra no se lo va a poner fácil, sobre todo con Borrell en la cartera de Exteriores. Meritxell Batet ya ha dado sus primeros pasos decantándose por la cesión a los separatistas, modificación de la Constitución incluida “urgente, viable y deseable”. Puigdemont huido de la justicia española, Junqueras, Forn, Turull, Rull, Bassa, Forcadell  y “los Jordis” en prisión empujando por salir cuanto antes. También cree que va a poder sacar adelante la defensa de los presupuestos que aprobó el anterior gobierno del PP con el apoyo del PNV, un proyecto que también apoyó Ciudadanos. Deberá pasar el trámite del Senado donde ya han dicho cinco de sus aliados que van a presentar enmiendas (Podemos, PDeCAT, EH Bildu, ERC y Compromís), al igual que el propio PP (elaborador y enmendador de los mismos) . El neófito presidente pretende conseguir los apoyos para derogar partes de la llamada “ley Mordaza”, adoptar nuevas medidas que borren de un plumazo la brecha salarial y volver a la senda de la sanidad universal. Dicen en filas socialistas que puede hacerlo en sólo un año. Veremos.

Mientras tanto, los “halagos” que dedicó Rajoy al PSOE con la corrupción (le dijo la sartén al cazo, leal oposición), su falta de acta de diputado a Sánchez y, por tanto, sin legitimidad para acceder al Gobierno sin pasar por las urnas, recordándole sus apoyos “populistas”, “golpistas” y de “los viejos amigos de ETA” y sus más que seguras hipotecas no hicieron mella en el futuro presidente. Le llegó a decir “¿Va a poder mirar a las víctimas de ETA a la cara?, todo esto quedará para el diario de sesiones, pues no importan las formas ya que el fondo queda asegurado, el bipartidismo todo lo puede.

 

El bipartidismo indisimulado

Firmado por el Jefe del Estado (y publicado en el BOE) el decreto por el que se nombró al séptimo presidente del Gobierno de España en democracia, efectuada la toma de posesión ante el SM el Rey Felipe VI, pasada la tormenta de la moción histórica (por ser la primera que alcanza su fin y por tener como sombra los “pactos oscuros”), queda por dilucidar una cuestión. España.

Puede parecer una cuestión baladí, preguntarse en qué situación se queda España, pero no lo es. La famosa frase apócrifa “España es el país más fuerte del mundo, los españoles llevan siglos intentando destruirlo y no lo han conseguido” tiene en la actualidad más sentido que nunca. Mientras todavía resuenan las copas chocar en los despachos del Congreso, Sánchez eufórico con sus nuevos ministros, Rajoy disfrutando de su descanso, el PP entero clavándose cuchillos para regenerar con los mismos mimbres el partido, los independentistas frotándose las manos ante un gobierno más que débil, y Podemos con una gota de sangre en el colmillo, Albert Rivera medita su próximo golpe al bipartidismo.

En la defensa a España sólo cabe un camino, volviendo a Baltasar Gracián que decía “Pise firme en el medio y no vaya por extremos, que son peligrosos todos”, Rivera, aunque no lo parezca, tiene la mejor situación que hubiera podido desear de cara bien a las elecciones generales del 2020 bien a unas elecciones anticipadas. Si afianza su posición en el centro político español verá cómo se desgasta Sánchez quien pisa en apoyos extremos al tiempo que salen las sentencias de corrupción que afectan a su partido en Andalucía. Decíamos al principio que Sánchez no va a poder decir la verdad ni va a poder ocultarla. Y es que el pacto del bipartidismo ha quedado vagamente disimulado pero se le ven los pies detrás de las cortinas. Sánchez y Rajoy no han dicho la verdad a los españoles y tampoco van a poder ocultarla. También verá el líder naranja cómo el PP se devora a sí mismo obviando la cuestión que sólo Rivera tiene en mente y con la que, probablemente, se ganará la confianza de una mayoría de españoles: los españoles estamos hartos del bipartidismo, un bipartidismo indisimulado.