El dolor de ya no ser

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Juan Ríos Vicente
Juan Ríos Vicente
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Ya no es solo preocupación. La parálisis del Gobierno está generando una sensación de orfandad que empieza ser bochornosa. Una sociedad crispada, unos cuerpos de seguridad abandonados a su suerte ante el silencio de quien dice tener el control pero se limita a callar, víctima de su propia apatía y su falta de coraje. España, como un tango, está a punto de arrastrar la vergüenza de haber sido, y el dolor de ya no ser.

No se puede ser ambiguo en el respaldo a la democracia, que no es sinónimo de apoyar al Gobierno. El 1-O ha privado a Rajoy de legitimidad para afrontar el cambio que necesita España, y si se apoya no por afinidad, sino porque no hay alternativa ni tiempo para que otro asuma la responsabilidad de hacer cumplir la Ley. Llevamos días asistiendo al derrumbe de la credibilidad de unas instituciones que hasta ayer eran inviolables; a la fractura de personas, vecinos, empujados por unos cuantos que se han empeñado en gritar la falacia de ser distintos. A todos les alcanzará ese destino que no saben dominar. A unos, con el Estado de Derecho. A otros, con el olvido más doloroso.

A menudo pienso que lo más difícil en política es conseguir ser verdaderamente honesto. Ante tanta gente dispuesta a destruir por el placer de un instante de fama, que ven en el caos un campo sembrado, lo verdaderamente loable es no dejarse arrastrar. No es más libre el que no está sujeto a normas, sino el que en mitad de ese caos es capaz de reprimir los impulsos y guiarse por la razón.

El Govern emprendió una huida hacia delante que será sedición o no será nada, y el Gobierno respondió con un silencio que es el combustible preferido por los independentistas. Acorralado en la Moncloa, Rajoy vive los momentos más difíciles de la historia de la democracia en silencio, sin gafas que alivien su miopía, pidiendo un tiempo muerto que ya no llegará porque no es tiempo de esperas sino de valentías, de amortizar el cargo, de escoger entre ser honesto o un paria mediocre que abandonó a millones de catalanes porque antepuso intereses políticos al orden constitucional.

Rajoy espera. Unas veces para que el tiempo apacigüe los ánimos y los conflictos se desplacen a otros escenarios. Otras, como hoy, para recabar de España, de Europa y del resto del mundo mil apoyos y palmadas que le envalentonen y le acrediten para tomar decisiones difíciles. Rajoy pide permiso. No sabe —o sí lo sabe, y por eso espera, para que la crispación polarice aún más a la gente y el PP abandere la lucha política contra el populismo y el nacionalismo— que el tiempo se acaba; que la huida hacia delante de Puigdemont no debe tener marcha atrás, y que cada momento es un descrédito más, un insulto más al Tribunal Constitucional, a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad denigradas, a todos los españoles de Cataluña que quieren seguir siendo españoles y no saben qué pasará mañana.

España, cambalache que duele. Tenemos una oportunidad de decir que no es lo mismo ser derecho que traidor, que la Ley será Ley hasta que se reforme, que no toleramos la impostura porque honramos a esos padres de la Constitución que redactaron con esmero el artículo 155 para usarlo sin complejos. Ya vendrán los cambios, pero mientras hay que cumplir la Ley. La Transición se consiguió gracias a personas que no querían regresar al pasado. ¿Por qué tanto ponerse de perfil? ¿Por que parece que nos cuesta tanto estar abiertamente del lado de la democracia?

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