El derecho a decidir o la trampa de la banalidad

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Henry Marsh es un famoso neurocirujano británico, que escribió un libro de gran éxito de ventas titulado “Ante Todo no Hagas Daño”, basado en los aciertos y errores en la medicina, lo cual entronca con el juramento hipocrático. Esta máxima se podría exigir a cualquier actividad, incluyendo, o especialmente, a la vida política.

Durante la pasada moción de censura, de los días 13 y 14 de junio, el diputado y candidato a la Presidencia del Gobierno, D. Pablo Iglesias, insistió múltiples veces en una afirmación a la que, en mi parecer, no se le ha dado la importancia que merece, pues “hace daño”. El señor Iglesias proclamó, durante los debates de dicha moción de censura, que: “si se actuaba en contra de las personas e instituciones responsables de un potencial referéndum en Cataluña sobre su independencia de España, -ellos- estarían en frente y no consentirían que se impidiera poner urnas”, aunque “le gustaría que Cataluña siguiera en España”. Obviamente, esto es consecuencia de la sacralización ideológica que para ciertos sectores tiene el llamado derecho a decidir (mejor dicho, el derecho a decidir de forma unilateral) y la democracia directa en forma de referéndums. En mi entender, el señor Iglesias no sólo está equivocado en la metodología, pues el referéndum es un instrumento de participación, no exclusivo de las democracias, pero la clave del sistema democrático reside en la igualdad jurídica y de oportunidades de todos los ciudadanos, en su libertades individuales y en el hecho de recaer en esa ciudadanía la auténtica soberanía de cualquier Estado democrático, siendo el conjunto de todos (no sólo de una parte) quienes deben decidir el destino de ese Estado; pues, como dice un buen amigo, con Franco teníamos referéndums continuamente, pero carecíamos de elecciones libres. Como he dicho, el señor Iglesias no sólo se equivoca respecto al método, sino que también ha caído en la trampa de la banalidad, asumiendo, dentro de una terrible confusión ideológica (cual venganza gramsciana en reverso), las ideas de la burguesía nacionalista catalana.

En primer lugar, conviene resaltar que no se pueden hacer referéndums sobre cualquier materia y de cualquier forma. Epistemológicamente hay tres modalidades dónde no tiene sentido realizar esas votaciones:

1.- Cuando el resultado trata o se basa en alterar la verdad racional:

Por ejemplo, por mucho que todos votásemos (incluso en escala mundial) que la Tierra es plana, no por ello dejaría de ser esférica.

2.- Cuando el resultado trata de aspectos que no competen a los votantes:

Igualmente, el conjunto de los españoles no podemos introducir (aunque se ganase con gran mayoría, en un referéndum en toda España) ningún cambio en la Constitución de EEUU.

3.- Cuando va en contra de la ética, su mero planteamiento:

Por ejemplo, no sería ético auspiciar un referéndum para la vuelta de la esclavitud.

En este sentido, el derecho a decidir de forma unilateral que se propone por las fuerzas soberanistas de Cataluña, viola los tres apartados anteriores:

Va en contra de la razón y la verdad, histórica y política, sometiendo todo a principios emocionales (para mayor abundamiento, leer mi anterior artículo “Sentido y Sensibilidad, seny vs. rauxa”). Además, está la tergiversación de la realidad y los antecedentes reaccionarios de esa izquierda republicana e identitaria (ERC), algo que debería hacer reflexionar al diputado Iglesias, sobre las “amistades peligrosas”, tan alejadas de los principios internacionales de la lucha de clases. Racionalmente, el derecho a decidir (unilateralmente), no es más que la versión blanqueada del llamado derecho de “autodeterminación de los pueblos”, asociado a situaciones de descolonización, según doctrina fijada en la Asamblea General de la ONU, lo cual, obviamente, no es el caso de Cataluña. Y desde Rosa Luxemburgo a Solé Tura hay un claro pronunciamiento en la izquierda marxista sobre los temas identitarios.

Asimismo, este tipo de referéndums plantea una decisión que no corresponde a los votantes a los que se dirige; pues, de efectuarse la segregación de Cataluña, implicaría la reforma de Títulos esenciales de nuestra Constitución, para lo que se requiere la aprobación por mayoría de todos los españoles, no sólo de los empadronados en Cataluña. Además, ¿cuál sería el límite final de la consulta?; pues si se tienen en cuenta, para decisiones con consecuencias globales, sólo a los que viven en una parte del territorio, ¿quién tiene la legitimidad de impedir que el Valle de Arán se pudiera segregar de la potencial República Catalana, o comarcas de Tarragona o pueblos y barrios de Barcelona solicitar su anexión de nuevo a España? Estoy convencido que los propulsores del “procès” serían entonces los principales represores de esas iniciativas, basadas en el derecho a decidir.

Finalmente, este posible referéndum independentista afecta gravemente a los principios éticos en los que se basa la convivencia en una democracia. La soberanía del Estado recae en sus ciudadanos y defender que sólo los empadronados en Cataluña tienen derecho a decidir si España va a seguir igual, o sin Cataluña, es un insulto al resto de los españoles; pues o bien se nos está considerando de inferior categoría, a la hora de decidir sobre la integridad territorial y cultural del país, o simplemente se plantea una expropiación forzosa de nuestra soberanía y de los mismos derechos a decidir. Por lo tanto, este tipo de referéndums no se hacen bajo la perspectiva de la igualdad, por lo que son profundamente inmorales.

Además, la trampa de la banalidad en la que ha caído el señor Iglesias tiene también su expresión en sus ideas regeneradoras. Toda la moción de censura a la Presidencia del Gobierno de D. Mariano Rajoy Brey, se basa en que el PP es un partido corrupto y de ahí la idea de la “trama” (algo que extiende al PSOE de Andalucía), pero ¿y en Cataluña? Es en Cataluña donde un partido, Convergencia, desapareció por tener intervenidas todas las sedes, donde las cantidades robadas son mayores (con misales incluidos) y durante más tiempo, donde surge el concepto del 3% y donde el actual Govern sigue emponzoñando la charca, financiando conferencias en el extranjero de su procesado ex-President, mientras algunos de sus acólitos se atreven en lanzar amenazas a los funcionarios que cumplan la legalidad. ¿Para cuándo la moción de censura al “honorable” Puigdemont? ¿O es que la “trama” sólo se aplica en castellano?

La trampa de la banalidad del señor Iglesias es que su defensa de ese derecho a decidir, lleva implícita la conclusión del referéndum: como los potenciales participantes tendrían un derecho que no involucraría el resto de los españoles, es porque son distintos y/o ajenos a los demás, por lo tanto es dar carta de naturaleza a una excepcionalidad que justifica la segregación. Es decir, el propio sistema propuesto de toma de decisiones es circular y genera un sofisma.

En los debates de la mencionada moción de censura, D. Pablo Iglesias Turrión acusó, en un alarde de suma pedantería, al líder de Ciudadanos, D. Albert Rivera Díaz, de citar autores que no ha leído; sin embargo, aunque es de suponer que en las Facultades de Ciencias Políticas se sigue estudiando a Hegel, parece que al líder de Podemos se le ha olvidado las bases de la dialéctica en sus discursos y, lo que es peor para un político de izquierdas, ha asumido como propias las ideas hegemónicas burguesas del imperialismo independentista catalán, cayendo en la dulce trampa de la banalidad. Esa banalidad se fundamenta en que los argumentos no son razonables, ni éticos y su enfoque es irreal y, como diría Friedrich Hegel, “sólo lo que es razonable es una realidad, y lo que es una realidad es razonable”.

 

José María Rojas Cabañeros

 

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